En la segunda jornada del festival, LFC brindó un show con todos los ingredientes, de invitados como Pablo Lescano y Santi Motorizado, a un momento muy especial para «Vos sabés».
Pocos fans de los Cadillacs lo habrán escuchado. Porque es una entrevista en inglés y para un podcast norteamericano específicamente sobre ska llamado, justamente, In Defense of Ska. Pero ahí, Sergio Rotman, histórico saxo de Los Fabulosos Cadillacs, al final de más de una hora de charla en la lengua de Shakespeare, Terry Hall y Paul Weller, le dijo hace un mes, o poco más, a un interlocutor que no vio en vivo a su banda ni estuvo nunca en la Argentina: “En un festival, no querés tocar después de los Cadillacs. Tocar después de los Cadillacs es una maldita pesadilla”.
Sonaba exagerado, quizás arrogante. Pero Rotman tenía razón. Alcanzó con ver el show de LFC, este domingo, en la segunda jornada del Quilmes Rock 2025, para entender por qué lo decía. ¿Qué resta por hacer una vez que esta banda deja el escenario después de semejante despliegue musical, personal y emotivo? ¿Con qué seguimos?
En una noche que debería quedar destacada en su largo historial de bares, fondas, estadios y festivales, los Cadillacs salieron con algo difícil de empatar: una mezcla vertiginosa de momentos megahiteros y espacios de clima y exploración; inyecciones de adrenalina y dosis altas de contenido emocional; con la compañía de invitados y, luego, en una cerrada “intimidad” familiar. Fueron 18 canciones con espacio para muchas cosas, menos la dispersión.
Todo arrancó a las 20.20, apenas terminó otro de los destacados de la grilla (que, oficialmente, convocó a 50.000 personas ese día): la evocación de Serú Girán, a cargo de David Lebón y Pedro Aznar. Tuvo cierto guiño del destino el hecho de que a un clásico del rock nacional le siguiera otro clásico, pero de la nueva ola que emergió en los 80 y que nunca disimuló sus ansias de patear tableros, pedestales y mesas en las que no se sentarían, de aquel establishment. Hoy, Serú y LFC son vecinos amables en el hall de la fama vernáculo, y en el Quilmes fueron vecinos también de escenario. Pero, hay que decirlo, con sus cuatro décadas (de carrera) encima, los segundos parecían con más ganas que nunca de morir tocando lo que les gusta, y de hacerlo rápido y fuerte.
Arrancaron con una elección curiosa y también significativa: después de una breve intro instrumental, se pusieron los trajes de mediados de los 80 para releer “Mi novia se cayó en un pozo ciego” con algún sesgo de corrido mexicano, un grito primal dentro de su repertorio. De allí en más, una bomba tras otra, un cambio de marcha, un viraje tras otro. Como en una procesión, pero no de gente muda.
A standards fabulosos como “Manuel Santillán, el León” y “Demasiada presión”, les siguieron el cuelgue dub de “El genio del…” y los espasmos de hardcore progresivo en “Piazzolla”, con los que los Cadillacs reiteran que les encanta hacernos saltar a voluntad, pero también frenar todo y tomar el riesgo de compartir otros estímulos; al derroche percusivo en “Los condenaditos”, gentileza de La Bomba de Tiempo, le siguió “Padre nuestro”, en modo cumbión, con Pablo Lescano disparando magia desde ese teclado de francotirador impiadoso. Y entonces todo volvió a mudar para “Vos sabés”.
Hace años ya que Astor Cianciarulo y Florián Fernández Capello, hijos de Flavio y Vicentico, son integrantes fijos de la banda. Pero para tocar esta versión de aquel tema de La marcha del golazo solitario (1999) se sumaron más hijos e incluso nietos de los músicos. Y hay que decir algo de la participación de estas nuevas generaciones. Las primeras intervenciones de Astor y Florián pueden haber sido, a su hora, un lindo gesto paternal, una nota de color simpática para matizar un show. Hoy, y desde hace un tiempo, todo es muy distinto. Puntualmente en Tecnópolis, fue notorio como la voz de Florián tomaba un nuevo protagonismo, completando un caudal armónico inédito para LFC. Y las percusiones de Astor, tan exactas como potentes, tan bien ensambladas con la sobria batería de Fernando Ricciardi, hicieron que, sinceramente, la diferencia no fuera tan grande entre los temas en los que se las arreglaban solos y los que contaban con el soporte de La Bomba de Tiempo.
Santiago Motorizado se plegó a la causa para “Nro. 2 en tu lista” y Rotman (con remera de The Damned como declaración de principios: los pioneros del punk y luego del rock gótico acaban de dar un show memorable en el Teatro Flores ante una acotada legión de melómanos) tuvo su acostumbrado momento en “Siguiendo la luna”. “Mal Bicho”, “Matador”, “El satánico Dr. Cadillac” es una secuencia que no da respiro ni margen para mucho más, pero mejor reservar algo de aire para el final-final: cuando el teclado de Mario Siperman y el rasgueo del ex-guitarrista-devenido-manager Vaino dan el pie para que el Sr. Flavio, sin bajo, con máscara de luchador mexicano, completamente desatado, saltando como un rude boy en la pasarela que avanza sobre el público, cante “Yo no me sentaría en tu mesa”, esa canción de 1987 con tantas sentencias que la banda parece sostener aún hoy, quizás incluso con más convicción y sabiduría que en cualquier otro momento.







